¿Para qué aprendemos? Esta es una de las cuestiones que cualquier persona, no sólo un futuro profesor, debe plantearse. Saber cual es el objetivo de la educación es fundamental a la hora de confiar en ella o pretender mejorarla. Si no sabemos para qué aprendemos, ¿Cómo podríamos centrarnos en mejorar dicho aprendizaje? La realidad es que, debajo de todo, subyace una necesidad natural del propio ser humano: necesitamos aprender por naturaleza; necesitamos del aprendizaje para desarrollarnos plenamente como seres humanos. El aprendizaje se convierte en una cuestión fundamental para la vida; aprendemos para la vida. Esta es al menos la respuesta que nos viene a la mente si pensamos en el aprendizaje y en el sentido de la educación. Pero démosle otro enfoque a la misma pregunta. ¿Verdaderamente aprendemos para la vida? Esta ya es una cuestión diferente.
Recuerdo precisamente de mi etapa como estudiante que la mayoría de lo que me enseñaron ya lo olvidé. Quizás aquellos elementos que más me han marcado o que me resultaron especialmente interesantes resisten más en la memoria, pero la mayoría han ido desapareciendo. Este aprendizaje para olvidar es una de las mayores lacras que pueden existir en la actualidad y es, además, un problema que llevamos arrastrando desde bastante tiempo en nuestro sistema educativo. Este aprendizaje memorístico sigue siendo la base de muchas enseñanzas actuales y desde mi punto de vista no deja de estar obsoleto en muchos de sus sentidos. Es cierto que algunas cuestiones requieren de la memoria, pero basar todo el aprendizaje en este método es, cuanto menos, seguir apelando al aprendizaje para olvidar.
Curiosamente, basar todo en la memoria es aprender para olvidar, ¡Qué paradoja! Por eso considero que para no olvidar, para aprender para la vida, es necesario cambiar el enfoque memorístico de una vez por todas.
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