A Rosa Luxembrugo se atribuye aquella frase de: "Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres". Y es que no hay mayor verdad que la diversidad humana en la que nos encontramos y en la que se desarrolla la educación. Actualmente nos encontramos inmersos en el paradigma de la inclusión, de la educación inclusiva. El viejo ejemplo de la integración, aquel por el que los diferentes eran integrados dentro del grupo, ya se ha abandonado. La teoría de la inclusión afirma que todos somos diferentes, que la diversidad es un hecho porque todos somos humanos y cada uno tenemos nuestras particularidades, pero que aun así debemos ser tratados todos por igual como parte de un mismo grupo. Bajo este principio se articula nuestra concepción actual de la educación, algo que considero verdaderamente positivo.
Reconocer que todos somos diferentes, pero que aun así merecemos el mismo derecho, el mismo respeto, y la misma educación es dar un gran paso en la ética humana. La verdadera igualdad, que no consiste en uniformar a los seres humanos, sino en reconocer la igualdad social de todos ellos, es la clave que rige este paradigma inclusivo. Realmente es algo costoso, algo que muchos profesores aun no comprenden, por lo que siguen trabajando con la antigua integración. Por eso creo que no esté de más recordar que, aunque la inclusión está en vigencia, esta no debe ser sino un reflejo de la propia sociedad en la que vivimos. Unidos en la diversidad por una educación que llegue a todos nosotros por igual, ese debe ser el ideal que rija nuestra forma de entender la igualdad en la diversidad.
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